lunes, 3 de julio de 2017

Los lunes de Arismendi

Sucede de este lado del rio Guanare, en su orilla izquierda, en la llanura barinesa ahogada por el desafuero del aniego, al que el pueblo de Arismendi elude, como un náufrago, asido a una elevación de esa inmensidad lisa. El ahogamiento dura muchos meses y muchas leguas de sabana: entonces, el pueblo lleva vida insular. Una carretera lamentable trata de acercarlo a El Baúl cojedeño. La que intenta llegar a Valencia es un desastre. Y aunque es burgo y es aledaño barinés, no tiene trato con barinas. La exageración de las aguas le tapa su fisonomía esteparia y montuosa en la Venezuela de los llanos de abajo. Usa la canoa o el bongo para decirle los buenos días y el adiós a Guanarito por el rio Guanare que se le rinde al Portuguesa ahí, frente a La Unión, un poblado costanero con el agua en el pescuezo del caballo y sobre el vano de la pulpería, por lo que se ha ganado el motejo de “la Venecia del llano”.

Pero si el Guanare convierte en propiedad de su desbordamiento cuanto pretende atajarlo, funda en cambio, cuando lo desmaya el verano, un suelo harto feraz. El Guanare Viejo —“donde ronca el tigre mariposo”, como reza un corrió de Nelson Morales— transcurre más al sur. Los palmares, en cambio, son tantos que se apretujan en la llanura.

Es allí, a la orilla del Guanare y subido a una isla, donde Arismendi vive cada lunes —y desde tiempos inmemoriales— un acontecimiento económico, acaso único en el país: el encuentro de los compradores del centro y de los llaneros y campesinos vendedores del rio. Se trata de un mercado abierto en el que se hacen transacciones hasta por 400 millones de bolívares.

¿Cómo ilustrar este caravasar fluvial y cenagoso? Los campesinos se acercan al pueblo en sus canoas y bongos, agobiados de plátanos, topochos, cambures, granos, el pescado bagre, el pescado de cuero y la pluma, que es el pescado con escama. Los llaneros arrean sus embarcaciones apretadas del muy reclamado “queso de Arismendi”. Como la demanda no conoce fatiga, su producción se eleva a 150 mil kilos mensuales. Desuellan la carne de la res y la del animal de cacería y enseñan el ave exótica en jaulas y cestas. Se oferta el ganado cebado en pasto artificial, tal la braquiaria humidícula, que le hace caso omiso al aniego. El jinete vendedor alaba la rienda o el brío de éste o aquel caballo y la andadura del mulo zaino.

Adhely Rivero, poeta Arismendeño, dibuja en imágenes menos escritas que visuales un momento de esta suerte de feria en el que Arismendi vence las ingratitudes de la inclemencia palustre, la nada o la sinrazón de sus caminos y el desfavor con que pretende castigarlo la bolsa agropecuaria imponiendo su independencia económica y la perduración de un oficio más allá del tiempo:

“Remonta un bongo
hasta Arismendi
con los quesos de un mes
de ordeño
Los que duermen la noche
en la barranca
llaman
con pesadez
Solicitan viajes o encomiendas
Abordan verduras o animales
Un hombre mordido de culebra
Todos van los lunes al puerto
antes del amanecer
Compran venden hacen trueque
sus jornales
Hay un fulgor
en el gastado retrato
que la gente va dejando” (1).

José Antonio Silva, cronista de Calabozo, me refiere su entusiasmo por el anegado Arismendi: “El filósofo y escritor J.M. Briceño Guerrero sostiene que Carora es la creación de la tenacidad de los caroreños y que es modelo para un país posible. Arismendi seria el otro ejemplo. Aquí pelean con el agua; allá con la aridez”.

El pueblo-isla no ceja en su intento de abrir caminos que lo acerquen al país. Ya está concluido un tramo de la carretera hasta Guadarrama; pero ay, los guariqueños de El Socorro se opusieron a que su derrotero se alejara de la orilla del rio. El gobierno regional quiso unir a Arismendi, Guadarrama y Calabozo por el camino colonial de la trashumancia. Los de El Socorro extremaron su desacuerdo: las mujeres se les arrojaron a las orugas de los tractores e impidieron la terminación de la carretera, tan importante para los arismendeños, quienes podrían así acrecentar su bonanza comercial, incorporando los mercados de Calabozo y Apure. El cronista Silva propone algunas soluciones: la construcción de la carretera ribereña desde Guanarito hasta La Unión (para aprovechar las tierras más fértiles del Municipio Arismendi); la construcción de la carretera Arismendi-Guadarrama; la conclusión de la carretera Arismendi-Apurito; la construcción de varios puentes sobre el rio portuguesa (frente a Guadarrama), el Chirguita, el Iguez y el Apure (para acercar a Achaguas y a Mantecal). Además, sugiere que se practique la Reforma Agraria en las tierras del “hato Cachicamo” (60 leguas de sabana, en otras palabras 100 mil hectáreas de infinito), propiedad del Instituto Agrario Nacional y actualmente en manos de cebadores de toros no sujetos a esa normativa. “Ese proyecto puede ser más importante que los Módulos de Apure y el Sistema de Riego del rio Guárico”, asevera, “y a bajísimo costo, porque la mitad de esas tierras son del IAN”. De llegar a realizarse, no fuera sino un asomo del mencionado proyecto, seria verdad lo que avizora el poeta Adhely Rivero: “Cuando corras ganado, me dice, va a sentir la lejanía”.

(1) Los poemas de Arismendi, 
ediciones Poesía, Universidad
de Carabobo, Valencia 1996.

Luis Alberto Crespo

Nota: Este artículo apareció en El Nacional el sábado 15 de abril de 2000 en una columna titulada “El País Ausente”,


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