viernes, 29 de julio de 2022

ELADIO

Hablar con Don Eladio Tarife, establecer un dialogo con este legendario trovador del llano, compositor nacido en Arismendi, Estado Barinas, es por demás, fructuoso y agradable. Él, sin timidez alguna, va dibujando con lenguaje sencillo y propiedad, todo lo que tiene que ver con esa llaneridad que carece de fronteras y limites dentro del paisaje humano, convencido de que la música, el baile, los cantos de arreo, el trabajo de llano, la alegría y la tristeza de su gente sigue siendo la misma que nos identifica tanto aquí como allá, del otro lado de la frontera. Basado en esto, Son Eladio nos dice que “el llano es uno solo”. Conversemos con él.

Aurora Díaz de Sánchez que es una persona muy ligada a la cultura de los llanos colombianos (Arauca) nos decía que hay in movimiento sumamente interesante que se está desarrollando allá. ¿Qué opinión tiene usted acerca de eso? ¿Qué diferencia hay entre el llano colombiano y el nuestro? Indagó Héctor Valero acomodándose en la silla, mientras el equipo técnico, revisaba la pizarra de actividades para asegurarse si en el transcurso de la mañana tenía pautada alguna función.

Como te acabo de decir, el llano es uno solo. Aquí se ha perdido la mayoría de las costumbres tradicionales: hablando de su música, su forma de trabajo, la manera de vivir. Yo estuve viendo un documental en Colombia, y allí tu no ves a un hombre montado a caballo sin sombrero. El elemento llanero, llanero, llanero, trabajador de hato, pata pelá, tú no lo ves acá. Lo ves allá. Se remangan el pantalón a la rodilla, trabajan como trabajaban aquí antes: sin camisa, con un sombrero, a sabana abierta. Fíjate una cosa, hay un documental que hicieron en Colombia, y lo debe traer Elda Flores, que debe llegar hoy o mañana, del trabajo del llano, de cómo se toca la bandola, como parrandean ellos. Estos, al terminar la faena llanera, en la noche, asan una ternera. Hay arpa, bandola, canto, zapateo y baile parejo… Eso es los fines de semana, porque los trabajos son largos en esos hatos, a veces duran un mes, mes y medio. Generalmente se hace en la época de invierno. Y cuando termina todo el trabajo, se reúnen los llaneros de esos hatos cercanos para hacer tremendas fiestas, con coleaderas y demás. Allá, por ejemplo, no hay esa costumbre equivocada que tenemos nosotros aquí de utilizar como vestuario, vestimenta o atuendo criollo, la fulana camisa a cuadros y pantalón bluyin, Allá, puede ser cualquier franela, cualquier camisa, cualquier pantalón, pero no una camisa a cuadros, como los tejanos, con un águila volando o un tropel de caballos pintados en el pecho y pare usted de contar. No…, nada de eso se acostumbra allá.

—Y en lo musical ¿En su criterio a qué se debe que la bandola se haya popularizado tan rápidamente en los llanos?

—Tanto en Venezuela como en Colombia la bandola llegó primero que el arpa. Entró por el Delta del Orinoco y, a través de la vía fluvial, llega a nuestros llanos. La bandola trascendió más rápido, decimos nosotros, por la facilidad de trasladarla. El llanero agarra una bandola, la mete en una capotera, se la echa a la espalda, se monta en el caballo, y les quedan las manos libres para hacer cualquier cosa. Mientras, que con un arpa uno no puede hacer eso. Y lo que se tocaba, en ese entonces, era puro joropo tramao. Después vino la quirpa, el pajarillo y otros ritmos musicales. Para que tú veas, aquí se empezó a tocar el pasaje desde que llegó el arpa. Porque el arpa se presta más para ejecutar ese ritmo, que incita al enamoramiento, al despecho, al canto a la naturaleza. Claro, aquí se ha tergiversado mucho, y ya no se sabe realmente lo que están tocando. Allá, el arpa no la han cariado. Por lo menos, en lo que se refiere a la música tradicional. El joropo en sí, y el pasaje, se mantienen intactos, con su calidad, como llegó. Yo acabo de ir a un festival en Maturín, acompañado de Guillermo Jiménez Leal, en calidad de jurado, y chico, yo me quedé loco. Hay un muchacho que le está tocando a un niño, que canta muy bueno, pie cierto, y tú te das cuenta que es una quirpa cuando el niño empieza a cantar. Entonces, cuando el muchacho empieza el canto, el ejecutante cambia para dos o tres temas diferentes en el puente de la canción. Eso para un niño es muy difícil, porque no puede entender lo que estás haciendo. Ya que tú eres la guía, tú eres el que llevas el instrumento. Por eso es conveniente aclarar en los festivales, qué entendemos por música llanera, para diferenciar una cosa de la otra. Antes, había aquí, una comisión de la asociación de autores y compositores. Y si alguien iba a grabar una letra, esa letra tenía que ir avalada con el permiso con el permiso de esta institución, para garantizar, la calidad del disco.

La otra parte que nosotros hemos criticado mucho. Es que ahora han cogido, chico, en que hay un tipo que es el gran macho, que habla de todas las mujeres, que si le hizo esto, que si le hizo lo otro. Es un irrespeto a la mujer nuestra, que se ha ganado ese puesto desde la independencia. Y es un irrespeto a la música muestra, porque ahora salen, que si el burrero, que si el ñemero, que el que no puede tal cosa… ¿Cómo vas a sacar tú eso a la calle? ¿Cómo vas a competir tú con un tema que nos venga de Europa, o de cualquier parte de Latinoamérica? Algunos dicen que las rancheras son chabacanas. Pero, vamos a estar claros, nos hablan todos los días de lo suyo, de su pueblo, y las difunden en todas partes. En donde hay un acto, está la música mejicana. En las películas, en las novelas, en lo que sea.

La música nuestra no se merece ese tratamiento que le han dado. Es sumamente bonita, bella. Además, está llena de alegría y es parte de nuestra vida y es nuestro gran patrimonio. Y así como los mejicanos, todos los países. Los únicos somos nosotros. Aquí, por lo menos, tenemos un programa de música foránea, sin tomar en cuenta a la nuestra, sin pagar compensación a nadie y, de una vez, están cobrando los derechos de autor. Entonces, ahí nosotros estamos en el aire. La música nuestra para entrar en cualquier país latinoamericano, tiene que pagar una compensación si se quiere ejecutar. Anteriormente, aquí los cines, en el año 1954, antes de empezar una película, tenían que presentar un conjunto de música venezolana, porque era obligatorio. Todo eso se ha perdido. Nos los estamos dejando quitar de las manos.

Lo otro que es muy importante señalar, es la falta de reglamentación para estos señores clonadores de CD. Porque no es justo, que después que tú haces un esfuerzo grandísimo por sacar un disquito, llegan estos señores, y te lo queman para venderlo a mil y dos mil bolívares. ¡No chico, eso no puede ser!

—Para finalizar Don Eladio ¿Usted cree que es necesario volver a las raíces para intentar y corregir, de algún modo, esa autenticidad que se ha perdido de la cultura llanera en nuestro país?

—Por supuesto. No sólo es necesario. Estamos obligados a hacerlo si queremos mantener la identidad. Aunque uno tiene que adaptarse a los nuevos tiempos. Ahorita por ejemplo hay un montón de muchachos, de nuevos talentos que tienen muchísimas condiciones, tienen muy buenas letras, muy buenas voces, y han logrado cierto éxito interpretando música nacional, pero ojo, tengo que aclararte algo, ellos deberían ir buscándole un nombre a ese estilo, porque nadie puede negar que sea música venezolana, pero música llanera, genuina, tampoco es.

 *

Una entrevista a Eladio Tarife, extraída del libro de mi amigo Arnaldo Erazzo: “El llano: Voces y testimonios de sus cultores”, publicado en Barinas el año 2013.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

CRÓNICAS URBANAS


El viernes 22 de abril de 2019 viajé desde Valencia hacia Caracas en compañía de mis amigos Víctor Montemayor y César Ríos. Por la tarde nos encontraríamos en la estación del Teleférico con nuestros amigos de la capital: Mireya Peña, Orietta Palenzuela, Juan Dueñas; y de Alemania, Paul Probst, Vera María y Franz Ulrich. 

Mientras hacíamos la cola para comprar los tikets me encontré una bala oxidada, la tomé en mi mano y luego se la obsequié a mi amigo Juan Dueñas, decidiendo finalmente escribir una fábula que es la siguiente:

EL SABIO Y SU COMPAÑERO
A Vera María

Un viejo sabio encontró en el camino una bala cubierta de óxido; la tomó en su mano y decidió regalársela a su amigo y compañero de viaje. Al entregársela le dijo:
“Si todos los días irradias esta bala con la llama rosada de tu corazón, antes de completar el año habrá perdido la mugre que la cubre, renaciendo con un brillo de luz rosada que la hará inigualable”.
El hombre tomó el regalo del sabio y ese mismo día emprendió su trabajo de sacarle brillo con su luz del corazón.
Después de un año los amigos se volvieron a encontrar. Se abrazaron llenos de alegría y entusiasmo.
—No le he podido sacar luz todavía a la bala; creo que es una tarea muy difícil.
—Es difícil sacarle brillo a una bala tan herrumbrosa, pues esa cualidad ya forma parte de ella. Aunque sí he notado algo extraordinario en ti, y es que te ves desbordante de entusiasmo.
—Bueno, eso es lo que me dice la gente: que brillo por mí mismo.
—La bala no aceptó el amor que a través de la irradiación le regalaste, de modo que te la devolvió, haciendo, a su vez, que te volvieras más amoroso.
—¡Ahora Entiendo!
—Así es. Todo lo que sale de nosotros vuelve a su propio creador… nosotros.
—Cada vez que tratamos de cambiar a alguien con nuestro amor, el primer cambio empieza en nosotros mismo.                                                                                                                        
 *
Ya en la cima de la montaña pudimos contemplar el paisaje reverdecido, las nubes paseándose por los caminos llenos de transeúntes y algunas aves coloreando el ambiente con sus cantos aislados y esporádicos. Nos tomamos fotografías, comimos y compartimos, y ya, a la caída de la tarde bajamos a la gran ciudad que nos esperaba con sus ruidos y ajetreos rutinarios. Finalmente puedo decir que fue un encuentro inolvidable.

Miércoles, 27-11-2019
Zordy Rivero, Cronista

jueves, 21 de noviembre de 2019

ADHELY RIVERO: EL LIBRO DE CANOABO


El siguiente trabajo es una presentación del escritor y traductor argentino Esteban Moore, quien además posee un exitoso blog: alpialdelapalabra.blogspot.com, donde apareció este amplio estudio sobre el poeta Arismendeño Adhely Rivero. Cuando leí el poemario “El Libro de Canoabo” sentí en lo más interno de mi corazón que debía conocer Canoabo del estado Carabobo, y de Vicente Gerbasi. Todavía no he cumplido este empeño, pero sé que la esperanza ya alzó su vuelo hacia la población del grande poeta. 

                                                            Zordy Rivero



*

A Vicente Gerbasi, in memoriam



EL COLIBRÍ

                                                                 

                                                  … una palabra apenas

                                                      roza el alma.

                                                                      Aly Pérez



El colibrí se toma la flor

y se pone a volar.

Acelera la luz y su corazón

a mayores revoluciones por segundo.

Pesa la palabra

más que el pájaro.

Por un instante creemos en la perfección.

Qué le puede amargar la vida

a un colibrí

que es la imagen de Dios.





EL TORDO


El tordo en la calle,

canta,

para que me sienta bien.

Sabe que no como sólo,

con mi sombra me siento

a la mesa

y reparto migas de comida

por la ventana.

Para que venga.

La soledad quiere ausentarme.

¡Qué color tendrá la soledad!

Negro es el pájaro

que me hace compañía.






UN POEMA AL AZAR


Aquí nació Vicente,

cuando comienzo a recorrer

la carretera fría e iluminada de bambúes amarillos

en el monte tupido.

Atraviesa una liebre distraída

resaltando el pelambre

en el asfalto.

Cuando llego a la cumbre me detengo a leer

un poema al azar

y suena como una oración al bosque de Eucaliptos,

arrullados por la brisa.

Me debo a la crianza de los pueblos,

el nativo es palco en su mirada

para recibir al que llega.

Más tarde los delata el amor,

tan querendones son los hijos de la cumbre.

Vicente, vive en la gente

y en el canto de los gallos de raza

que criaba su hermano Pepino Gerbasi,

en los patios de Canoabo.








CANOABO



                           A Eloína Ybarra

                                                                     

Aquí el alma encuentra su propia soledad                                                                                                                                                   Vicente Gerbasi

                                                                         

Sobre la montaña amanece sentado el cielo,

abrigado con nubes blancas.

En la cumbre crían ganado de raza,

hermosas vacas pastan en el frio.

Naranjas y mandarinas tejen de verde

la falda del horizonte

donde cuelga un camino de labriegos.

Canoabo es de una ternura ancestral,

el nativo siembra con la luna,

según la sabiduría antigua,

los alimentos que mengua la hambruna.

Antes, recuerdas,

Canoabo era una aldea de agua dulce, café y cacao,

grandes arreos de mulas y cacería silvestre.

Al pueblo llegó la universidad, los artistas, los poetas y los vecinos.

Ahora Canoabo está más cerca del mundo.






LA CUMBRE


Aquí no se alza la voz,

eso es en el mar que la gente

va gritando.

Aquí se habla en la respiración,

en el susurro.

Nadie se atropella por volar más alto,

subes a la montaña

y ya estás en el cielo.

Si gritas te cansas y tu grito no retumba

en las paredes del monte.

Solo el hacha tiene un leco pernicioso,

va dejando un hueco entre los árboles.

Una ventana por donde se ve la tierra del cerro.

Pronto sube humo de la quema,

la ceniza abonará el suelo.

Van a sembrar, dicen,

cuando lleguen las lluvias.






CAFÉ



                                               A Eugenio Montejo


Cuando tomo un café en Caracas,

 regreso a una calle de mi aldea,

 donde existe una hermosa casa colonial,

 con un patio de café.

Me encuentro con un niño en la puerta

mirando los obreros.

Se ha quedado absorto.

Cuando llegó a la playa de El palito,

en el litoral de Carabobo,

vio el mar por primera vez,

vio un barco en la noche,

con las luces prendidas como una gran ciudad.

Luego vino el mundo en Florencia.

Unos pueblos de Italia,

que no olían a café.

Su alma lo añoraba todo,

Canoabo, era una selva iluminada

en algún lugar de la tierra.






MAR AFUERA


Tengo el mar Caribe muy cerca.

Lo veo durante el día.

Me pregunto: quién me puso aquí,

mar afuera,

cuando mi cabeza es una cresta de olas?

Sé tan poco de estas costas,

algunos nombres de playas

malolientes a puertos y refinerías.

Calor y sudor.

En el campo es otra vida,

allí se siente el mar volando:

el mar y el amor de las mujeres en la playa.

Se come buen queso de vacas que pastan

en potreros salitrosos

que en el pasado fueron playas.

En la mañana pensamos

la mujer amada.

El mar lo corroe y lo borra todo.






EL RUANO


Este animal

toda la noche posó la cabeza

sobre la cerca

que al fondo tiene música.

Ayer salió de la finca

El Ruano,

estaba trabajando.

Iba en silencio,

algo lo aturde.

El caballo que come y bebe

en la sabana

está frente al bar

delgado de sueño y plaga.




ADHELY RIVERO, nació en Guadarrama, Arismendi, Estado Barinas, Venezuela en 1954. Está residenciado en Valencia desde 1970.  Lic. en Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Cursó estudios en la Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo. Venezuela. Poeta, editor, Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Director de la Revista Poesía. Coordinador del Encuentro Internacional Poesía de la Universidad de Carabobo. Director de las Ediciones Poesía de la Universidad de Carabobo. Coordinador de las Ediciones El Cuervo, traducciones, de la Universidad de Carabobo. Miembro del Comité de Redacción de la revista Zona Tórrida.  Ha dictado Talleres de Poesía en la Universidad de Carabobo. Condecoración en su Única Clase Alejo Zuloaga Egusquiza por la Universidad de Carabobo. Homenaje en la Revista Poesía No. 156. 15 Poemas, 1984;  En sol de sed, 1990; Los poemas de Arismendi, 1996; Tierras de Gadín, 1999; Los Poemas del viejo, 2002; Antología Poética, 2003; Medio Siglo, La Vida Entera, 2005;  Half a Century, The Entire Life, 2009, versión al Inglés  de Sam Hamill y Esteban Moore.  Poemas  (Antología editada en Costa Rica) 2009. Compañera, 2012. PoesíeCaré,Poemas queridos, 2016, Versión al italiano de Emilio Coco, publicado en Colombia. Está representado en varias antologías  nacionales y en la antología italiana La Flor de la Poesía Latinoamericana de hoy, tomo I, II, editada en Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, en 2007 y 2016. Festival Internacional de Poesía Al-Mutanabi en Suiza.2008. Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Colombia. Festival Internacional de Boyacá, Colombia. Festival Internacional de Poesía del Mundo Latino, México.  Feria Internacional del Libro de Bogotá, Colombia, Feria Internacional del Libro de Caracas, Venezuela. Festival Internacional de Poesía de Venezuela. Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo, Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela. Bienal Internacional de Literatura “Mariano Picón Salas”, Mérida, Venezuela.  Feria Internacional del Libro de Bogotá, Colombia, Feria Internacional del Libro de Caracas, Venezuela.  Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo, Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela. Bienal Internacional de Literatura “Mariano Picón Salas”, Mérida, Venezuela.  Traducido al inglés, portugués, italiano, alemán, francés y árabe.




Canoabo, homenaje a Vicente Gerbasi

David Cortés Cabán.


Para que el paisaje nos devuelva su íntima historia, su más clara intimidad, ha decidido el poeta Adhely Rivero hacer un viaje a Canoabo, el hermoso pueblo donde naciera en 1913 el gran poeta venezolano Vicente Gerbasi. Allí como si descubriera por primera vez el paisaje de aquel poeta que generosamente nos diera lo más profundo de su corazón en la hondura de sus versos, Adhely ha ido desentrañando su apreciación por el autor de aquel libro fascinante y mágico, Mi padre el inmigrante. Y ha llegado Adhely para abandonarse a la contemplación y a la alegría de la palabra que agita la condición pasajera de la vida. Ha fundido en El libro de Canoabo su visión de mundo como si proclamara aquí el mismo sentimiento que sintió Gerbasi en la mirada del paisaje, y en la flora y la fauna que les brindó a sus versos el matiz límpido y profundo que reflejó su propia existencia. 

Lo que siente el lector al acercarse a este nuevo libro de Adhely Rivero es el aliento del paisaje, lo esencial de la vida, la vibración del pájaro que abrió sus alas y se perdió en luminoso vuelo hacia el ocaso. Y es que lo singular de esta poesía está en el espíritu de afinidad que la reviste del recuerdo de Gerbasi. Su recuerdo, su vocación poética, la lucidez que hace posible la continuidad de ese cántico que para ser comprendido necesita de una honda dimensión de espíritu. Adhely conoce esta realidad porque es el poeta del llano y del paisaje. Incorpora en sus versos la experiencia profunda de la mirada que nos devuelve la luz de un horizonte más noble y luminoso. Su poesía recoge ese misterio insondable que nos identifica con las cosas más dignas y humildes: el colibrí, el tordo, el horizonte, la aldea, la neblina, la sabana, el viento, el café, la soledad. Toda una visión del campo, de la tierra y del ser en una misma historia humana. La historia personal del poeta y la de Gerbasi van paralelamente descubriéndonos la grandeza de Canoabo. No la grandeza que nace de lo material y pasajero, sino la que proclama mediante la palabra bondadosa un sentido más lúcido y humano de la vida. ¡Qué bien se siente recorrer a paso silencioso el tema de este libro! Tus palabras son paisaje, ha dicho el poeta. ¿Lo ha dicho de sí mismo o de Gerbasi? Ambos caminan el horizonte de estos textos, ambos ascienden lentamente en confiada grandeza hacia la calma de estas montañas, a los caminos que reflejan la belleza del paisaje: En el campo es otra vida / allí se siente el mar volando, anuncia este verso. Y en otro, sentimos la naturaleza que trasciende la singular presencia: Aquí nació Vicente, / cuando comienzo a recorrer / la carretera fría e iluminada de bambúes amarillos / en el monte tupido.


Desde el primer momento de la lectura nos reciben los pájaros. El colibrí y el tordo emiten sus alegres saludos: El colibrí se toma la flor / y se pone a volar. Querrá también el tordo acompañar nuestra condición de caminantes por estos versos que trazan el recorrido de Canoabo: El tordo en las calles, / canta, / para que me sienta bien. Estos cánticos nos descubren nuestra condición humana, nuestros sentimientos en la luz de un horizonte que va en ascenso hasta trazar su órbita natural y lejana como la humilde materia de las cosas sobre la tierra. Lo que vemos en El libro de Canoabo nos provoca un amoroso sentimiento en la armonía del paisaje, la luz de su cielo y la confianza de su gente. Nos sobrecoge el hecho de vivir plenamente rodeado de la bondad y grata compañía de los otros, sumidos en la plena realización de la palabra límpida y sin manchas. Esto lo ha advertido Adhely en su recorrido por Canoabo para recordar una vez más sus pasos por estas mismas calles que recorriera un día acompañado del propio Vicente Gerbasi y del poeta Luis Alberto Crespo:  Aquí no se alza la voz, / eso es en el mar que la gente / va gritando. / Aquí se habla en la respiración, / en el susurro. / Nadie se atropella por volar más alto, / subes a la montaña / y ya estás en el cielo. Sentimos de inmediato que la vida en Canoabo traza sus propios signos, ésos que no demandan de agobiantes fórmulas de conocimiento, ni pretenden insinuar otras acciones que no se correspondan con la realidad del paisaje o de la vida misma. Ya lo ha señalado el poeta: Sobre la montaña amanece sentado el cielo, / abrigado con nubes blancas. / En la cumbre crían ganado de raza, / hermosas vacas pastan en el frío. / Naranjas y mandarinas tejen de verde / la falda del horizonte / donde cuelga un camino de labriegos. He aquí el paisaje que revela lo que siente el corazón, pues no hay otra forma de sentir la realidad que palpita en este libro. La que nos presenta la vida en su más profunda dimensión, la que consiste en vivir armónicamente con el entorno. Por eso encontramos que lo esencial de la vida se podría resumir en las cosas que dejan sobre el alma una grata ternura. Esta realidad nos la recuerda el poeta Adhely Rivero en el contenido de estos poemas. Un sentimiento provocado por el reencuentro con Canoabo, y porque ligado a este sentimiento vemos pasar la imagen del profundo Gerbasi en el puro fluir del tiempo, en la hermosura que repentinamente nos descubre la alegría de volverlo a sentir en la vivencia evocadora de esta poesía y el paisaje sereno donde El colibrí se toma la flor / y se pone a volar.


Dejemos ahora que el lector se apropie de estos versos para que su corazón recoja este hermoso homenaje a Vicente Gerbasi, y que la alegría lo lleve escuchar el tordo, la plenitud de su cántico cuando “Sobre la montaña amanece sentado el cielo, / abrigado con nubes blancas.”

Nueva York, Otoño, 2019.




Canoabo de paso por Adhely Rivero

Luis Alberto Crespo


Adhely Rivero me dice que volvamos con Vicente Gerbasi a Canoabo, a su pueblo y a su poesía, donde gime el ave quinquina y es de noche siempre en las hojas del guamo y del cacao y otra vez huele a sudor de savia y llovizna el aire que lo visita. El gran poeta suave y sonriente se quedó atrás. Ya no se distrae con su infancia, con los espacios cálidos, ni con el viento en sus cabellos y el rumor dentro de sí de sus montañas, sino con la muerte, aquel día, cuando la vida celebraba la hora de la inocencia, un diciembre de cuya tristeza no quiero acordarme.


No; no iba a nuestro lado el propiciador de sortilegios, pero sí en nuestro ayer mientras presentíamos el sosiego de su obra página a página, como si transitáramos su escritura primordial bajo el follaje y respiráramos la loción que despide su país, la geografía de su añoro, entre los senderos del roedor y el susto de la perdiz en los matorrales.


Sólo al nombrarme a Canoabo, nada más con pronunciarlo para avisarme que en sus nuevos poemas iba a su lado Gerbasi camino a su aldea verde, me di a apresurarme para alcanzarle los pasos a Adhely camino a esa región aromosa donde el señor de la dulzura verbal y la emocionada calma eternizara en cada ser y cada cosa su vastedad poética. Con cuidado, sin osar siquiera interrumpir el recuerdo con que juntos existiéramos alguna vez mientras la aldea loara a su miglior fabro, mi amigo de los llanos mojados de Arismendi tomó aquí y allá menciones de cacao y café, alguna criatura vegetal y del aire, ciertas veces el nombre de Canoabo o  de una oración gerbasiana trazada sobre la pared blanca del papel, mientras trascribía las motivaciones que visita con tanta insistencia su memoria, las  del avío inagotable de su decir arismendino: ese caballo que adelgaza lo profundo, la palma lejos, aquella res numerosa, el pastizal perpetuo, el agua, el ruido de orine del ordeño, el pájaro, el solitario y en bandada, el hombre en todo, ceñudo bajo el alero del fieltro y  quien mira y copia y anota de todo ese suspiro, al tiempo que hinca su rastro por distintos espacios, el de las esquinas y los viajes, atiende “otras voces y otros ámbitos”  y  evoca lo fraterno y lo íngrimo.


Acaso pretexto, a lo mejor remembranza del estilo limpísimo de nuestro Gerbasi, llanamente presentado sobre la hoja escrita (pienso en Los Colores Ocultos y en Las Edades Perdidas), casi dicho, al borde del habla, Los poemas de Canoabo reúnen un renovado conjunto de sentimientos, como aquellos que ofreciera a sus lares barineses de Arismendi. Pero no permanece mucho rato mi amigo en el villorrio de Los Espacios Cálidos. El gran señor de nuestra nostalgia refleja, como hace el rayo de luz en el agua, su presencia, de pronto, lo mismo que aquella mañana, cuando luciera su traje blanco en la blancura de Canoabo y de seguidas se distancia, mas no para alejarse de su cómplice de viaje, no para olvidarlo, no: Gerbasi lo escucha y lee, desde lo impalpable en que ahora se encuentra, cuanto, de su estilo, desprovisto de broza, a dos palmos apenas del exceso, diría Efraín Hurtado, es retomado por Adhely  (al que es tan atento) en esta reciente muestra de su obra enriqueciéndola, a la que acompaña poemas de otros libros suyos, ya consagrados por sus lectores y la crítica.


Y este es nuestro contentamiento: que al concluir la lectura de este libro la sorpresiva mención de Gerbasi y de Canoabo nos convida a regresar a su aldea, su aldea que es su obra, la obra que lleva su nombre por la tierra entera y volvemos a escucharla cuando la nombra, así:



Canoabo


Este es el valle

rodeado de montañas

donde las aves

hacen círculos luminosos.

Cae el atardecer en nubes

que ahondan una mina de oro.

Las casas se reúnen

en un color solitario

gris-oscuro-malva

de un instante lejano

que siempre nos reúne

en la memoria.



 CARACAS, OCTUBRE, 2019.