miércoles, 27 de noviembre de 2019

CRÓNICAS URBANAS


El viernes 22 de abril de 2019 viajé desde Valencia hacia Caracas en compañía de mis amigos Víctor Montemayor y César Ríos. Por la tarde nos encontraríamos en la estación del Teleférico con nuestros amigos de la capital: Mireya Peña, Orietta Palenzuela, Juan Dueñas; y de Alemania, Paul Probst, Vera María y Franz Ulrich. 

Mientras hacíamos la cola para comprar los tikets me encontré una bala oxidada, la tomé en mi mano y luego se la obsequié a mi amigo Juan Dueñas, decidiendo finalmente escribir una fábula que es la siguiente:

EL SABIO Y SU COMPAÑERO
A Vera María

Un viejo sabio encontró en el camino una bala cubierta de óxido; la tomó en su mano y decidió regalársela a su amigo y compañero de viaje. Al entregársela le dijo:
“Si todos los días irradias esta bala con la llama rosada de tu corazón, antes de completar el año habrá perdido la mugre que la cubre, renaciendo con un brillo de luz rosada que la hará inigualable”.
El hombre tomó el regalo del sabio y ese mismo día emprendió su trabajo de sacarle brillo con su luz del corazón.
Después de un año los amigos se volvieron a encontrar. Se abrazaron llenos de alegría y entusiasmo.
—No le he podido sacar luz todavía a la bala; creo que es una tarea muy difícil.
—Es difícil sacarle brillo a una bala tan herrumbrosa, pues esa cualidad ya forma parte de ella. Aunque sí he notado algo extraordinario en ti, y es que te ves desbordante de entusiasmo.
—Bueno, eso es lo que me dice la gente: que brillo por mí mismo.
—La bala no aceptó el amor que a través de la irradiación le regalaste, de modo que te la devolvió, haciendo, a su vez, que te volvieras más amoroso.
—¡Ahora Entiendo!
—Así es. Todo lo que sale de nosotros vuelve a su propio creador… nosotros.
—Cada vez que tratamos de cambiar a alguien con nuestro amor, el primer cambio empieza en nosotros mismo.                                                                                                                        
 *
Ya en la cima de la montaña pudimos contemplar el paisaje reverdecido, las nubes paseándose por los caminos llenos de transeúntes y algunas aves coloreando el ambiente con sus cantos aislados y esporádicos. Nos tomamos fotografías, comimos y compartimos, y ya, a la caída de la tarde bajamos a la gran ciudad que nos esperaba con sus ruidos y ajetreos rutinarios. Finalmente puedo decir que fue un encuentro inolvidable.

Miércoles, 27-11-2019
Zordy Rivero, Cronista

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