El
viernes 22 de abril de 2019 viajé desde Valencia hacia Caracas en compañía de
mis amigos Víctor Montemayor y César Ríos. Por la tarde nos encontraríamos en
la estación del Teleférico con nuestros amigos de la capital: Mireya Peña, Orietta
Palenzuela, Juan Dueñas; y de Alemania, Paul Probst, Vera María y Franz Ulrich.
Mientras
hacíamos la cola para comprar los tikets me encontré una bala oxidada, la tomé
en mi mano y luego se la obsequié a mi amigo Juan Dueñas, decidiendo finalmente
escribir una fábula que es la siguiente:
EL SABIO Y SU COMPAÑERO
A Vera María
Un
viejo sabio encontró en el camino una bala cubierta de óxido; la tomó en su
mano y decidió regalársela a su amigo y compañero de viaje. Al entregársela le
dijo:
“Si
todos los días irradias esta bala con la llama rosada de tu corazón, antes de
completar el año habrá perdido la mugre que la cubre, renaciendo con un brillo
de luz rosada que la hará inigualable”.
El
hombre tomó el regalo del sabio y ese mismo día emprendió su trabajo de sacarle
brillo con su luz del corazón.
Después
de un año los amigos se volvieron a encontrar. Se abrazaron llenos de alegría y
entusiasmo.
—No
le he podido sacar luz todavía a la bala; creo que es una tarea muy difícil.
—Es
difícil sacarle brillo a una bala tan herrumbrosa, pues esa cualidad ya forma
parte de ella. Aunque sí he notado algo extraordinario en ti, y es que te ves desbordante
de entusiasmo.
—Bueno,
eso es lo que me dice la gente: que brillo por mí mismo.
—La
bala no aceptó el amor que a través de la irradiación le regalaste, de modo que
te la devolvió, haciendo, a su vez, que te volvieras más amoroso.
—¡Ahora
Entiendo!
—Así
es. Todo lo que sale de nosotros vuelve a su propio creador… nosotros.
—Cada
vez que tratamos de cambiar a alguien con nuestro amor, el primer cambio
empieza en nosotros mismo.
*
Ya
en la cima de la montaña pudimos contemplar el paisaje reverdecido, las nubes
paseándose por los caminos llenos de transeúntes y algunas aves coloreando el
ambiente con sus cantos aislados y esporádicos. Nos tomamos fotografías,
comimos y compartimos, y ya, a la caída de la tarde bajamos a la gran ciudad
que nos esperaba con sus ruidos y ajetreos rutinarios. Finalmente puedo decir
que fue un encuentro inolvidable.
Miércoles, 27-11-2019
Zordy Rivero, Cronista
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