lunes, 18 de julio de 2016

PELIGROS DEL USO DE LAS PLANTAS MEDICINALES EN NIÑOS

A mediados de la década de los años 90 del siglo pasado ocurrió en la ciudad de Valencia un hecho que conmocionó a la sociedad entera. Una lactante que no llegaba a los seis meses de edad fue llevada por la madre a un médico de la ciudad, presentando una diarrea aguda. El galeno, después de revisar a la niña le mandó un antibiótico y suero de rehidratación oral, además de las recomendaciones dietéticas y de observación por si aparecían nuevos síntomas.

Tres días más tarde la niña moría y era ingresada a la morgue del hospital Central de Valencia, donde se le practicó la autopsia. Esta reveló muerte por insuficiencia renal aguda. En el transcurso de tres días los riñones habían dejado de funcionar sin un motivo aparente o justificable. Se descartó la deshidratación, porque en ningún momento llegó a tal extremo. Se citó al médico que la vio por primera vez, y ante una junta médica se determinó que la dosificación del antibiótico se correspondía con el peso y edad de la pequeña paciente. No se observaron signos que pudieran hacer pensar en una posible alergia o un shock anafiláctico.

Ante la ausencia de toda evidencia, el médico fue inculpado, pero sin argumentos suficientes para ser juzgado y encarcelado -como era la pretensión de los padres de la niña y de otros sujetos cercanos a la familia-, quienes veían en el profesional una amenaza para la sociedad. Ocurrió lo que reza el conocido refrán: De el árbol caído todos quieren hacer leña.

Al final vino la salvación para el médico, quien en ese momento era investigado por la policía del Estado. A un miembro del departamento de toxicología del mismo hospital se le ocurrió realizar un examen toxicológico, poco antes de que el cuerpo fuera sepultado. El examen reveló la presencia en sangre y tejidos de una sustancia llamada Tanino, un veneno que se encuentra en algunas plantas supuestamente medicinales. En ese instante la investigación de la policía se orientó hacia los familiares de la infortunada. Confesaron que una vecina le había dado de beber a la enfermita un guarapo de Palotal, para que se le parara la diarrea. Esta planta tiene un alto contenido de tanino, causante directo de la muerte de la niña.

                                                                      Zordy Rivero
Arismendi, 31-05-2009

jueves, 14 de julio de 2016

RECUERDOS DEL GADIN



El Gadín es un caserío que pertenece a la parroquia Guadarrama del municipio Arismendi. Lo más llamativo en invierno es el caño El Gadín, en cuyas aguas conviven el galápago, el babo y la culebra de agua. Abunda tanto esta última, que a los pocos minutos de recorrer sus orillas se nos hace familiar.

Recuerdo que a la edad de ocho años mi madre me envió a casa de mi hermano mayor -que vivía cerca del caño- para que pasara las vacaciones de agosto. A los pocos días mis hermanos Adhely y Rafael me visitaron cuando iban hacia Guadarrama. Me invitaron a bañarme en el caño, aprovechando que mi hermano no se encontraba en casa, y yo alegre hasta más no poder los acompañé. Me entregaron un cuchillo que me ajusté a la cintura con un guaral; ellos también hicieron lo mismo.

-Si te agarra una culebra de agua -dijo Rafael-, sacas el cuchillo y la puyas hasta que nosotros te auxiliemos.

Entré al agua con recelo, pero al poco tiempo me había olvidado de un posible peligro. Durante toda la tarde estuvimos bañándonos y jugando. Afortunadamente no sucedió nada.

A la caída de la tarde regresamos a la casa. Mi hermano Reinaldo estaba en el patio, hachando un rolo de leña. Nos preguntó:

-¿Se bañaron en el caño?

-Sí, de allá venimos -dijo Rafael.

-¡Carajo chicos! en verdad los felicito -dijo molesto-. Si a ustedes no se los come un caimán o se los traga una culebra de agua, van a llegar bien lejos.

Cuarenta años después mi hermano Adhely escribió un hermoso libro de poemas titulado “Tierras de Gadín”, donde recoge vivencias y recuerdos de aquellos lugares de la infancia. Tal vez no hemos llegado muy lejos, pero sí estamos entrando en una edad madura con los recuerdos del Gadín a cuesta.


Zordy Rivero
Arismendi, 01-06-2009

jueves, 7 de julio de 2016

UNA PACIENTE DE DIFICIL MANEJO

Una paciente de cuarenta y cinco años de edad acudió a mi consulta el verano pasado. Venía recomendada por un colega de la ciudad, que se había dado por vencido después de varios intentos de controlarle la tensión arterial elevada, sin resultados satisfactorios. La señora Candelaria padecía de un trastorno de la tensión (que muy bien podría llamarse tensión caprichosa), por la peculiaridad de subir y bajar sin motivos aparentes. De allí provenía el fracaso de los medicamentos. Unas veces se encontraba con un nivel tensional muy elevado, y momentos seguidos caía drásticamente
La paciente expresaba -a través del diálogo- un temperamento exaltado y dominante. Su hablar era fuerte y decidido: toda una dama acostumbrada a mandar. Mientras conversábamos noté en sus manos y piernas movimientos constantes; y en su cara prematuramente envejecida, veíanse surcos profundos. La estudié detalladamente: leí su mente y corazón y comprendí que Candelaria era una mujer sufrida. "Te ayudaré, le dije, eres una buena mujer que tiene mucho que dar todavía. Comenzaremos hoy mismo el tratamiento. Sólo te pediré que no discutas conmigo, y te garantizo que al concluir el primer mes empezarás a ver los beneficios. El procedimiento es sencillo pero el resultado duradero".
Le dije que no le indicaría ningún medicamento de farmacia, porque estaba demostrado que en ella no surtían efectos. Sólo necesitaría una hamaca. En ella reposaría cada día durante dos horas, preferiblemente de una a tres de la tarde, en silencio, en estado meditativo, sin dar órdenes. El objetivo era disciplinar el cuerpo, que había perdido el control sobre sí mismo. Candelaria se marchó no muy contenta, con un tratamiento, según su parecer, poco convencional. Entiendo que para el común de la gente la salida fácil para calmar un dolor o una angustia, es tomar una droga. Pero eso de controlar el cuerpo con la quietud no sonaba muy convincente.
Tres meses más tarde apareció Candelaria a mi consulta. Le tomé la tensión arterial y la tenía considerablemente elevada.
- ¿Qué sucedió Candelaria? -le pregunté un poco extrañado.
-Le voy a ser sincera...-dijo con voz apagada-. Yo no soporto estar en la hamaca por más de quince minutos; tengo que abandonarla si no quiero reventar. No tengo voluntad para eso.

-Yo no te dije que sería fácil, mujer. Estás domesticando la bestia que llevas dentro -le dije-.  Harás un nuevo intento. Si no lo consigues te dejaré tranquila. ¡Es una promesa!
Al cumplirse un mes acudió a mi consulta. Le tomé la tensión y la encontré casi normal. La felicité y le pedí que continuara con sus ejercicios. Me contó que permanecía dos horas acostada en la hamaca sin moverse, relajada, y que ya empezaba a dormir un poco, cosa que le parecía increíble.
Durante aquel año Candelaria me visitó casi todos los meses. Y aun cuando su tensión se había normalizado, seguía visitándome. Le dije que ya no necesitaba de mi ayuda, pues estaba completamente curada. También le hice sugerencias sobre una alimentación sana, y la posibilidad de realizar alguna actividad recreativa, apartada del trabajo rutinario.
La técnica de la pasividad obligada da resultados para todas las enfermedades inimaginables, y en especial muy útil en las personas sometidas a un estrés permanente. Es como tomarse dos horas de vacaciones diarias, que al final del año suman varios meses. El cuerpo obedece a la pasividad, y aunque lo expongamos al ajetreo del diario vivir, él siempre buscará la armonía y la paz conseguida en la hamaca, en nuestro caso. No olvidemos que todo hábito se hace en base a la repetición. Alguien dijo: tenga mucho cuidado con lo que desea porque lo más probable es que lo consiga.
La técnica de la pasividad obligada no me pertenece. Ya los hindúes, tibetanos y otras culturas orientales practicaban la meditación en posición de loto desde la aurora de los tiempos, tratando de controlar la respiración y el ritmo cardíaco. Yo solamente he aportado la hamaca, un elemento indesligable del llanero.
Muchas personas no toleran el ruido de la ciudad, pero el entrenamiento disciplinado nos permite vivir entre el ruido, y hasta cierto punto tolerarlo. De eso se trata. No tiene sentido el dominio de un método de relajamiento para ponerlo en práctica en la tranquilidad de nuestro claustro.

Rivero Zordy 
Arismendi-17-06-2009